lunes, 18 de septiembre de 2017

Miguel del Barco González (I)

CUADRO CRONOLÓGICO
  • Nace el 13/11/1706
  • Estudios en Salamanca
  • Ingresó en la Compañía con 21 años: 18 de mayo de1728
  • Salida al Nuevo Mundo y conclusión de la teología 1735-1736
  • Ordenación: 3/09/1736
  • Misión en S. José del Cabo: 1737-38
  • Misión en la Baja California: S. Javier de Biaundó 1738-68
  • Visitador en California: 1751-54 y 1761-63
  • Expulsión: 1767-68
  • Bolonia: 1768-90
  • Muere el 24 de octubre de 1790

Si hemos destacado las figuras de los hermanos Trejo Paniagua en el siglo XVII, no les fue a la zaga en importancia, el nacimiento, a principios del siguiente siglo, del eclesiástico Miguel Fernández del Barco González.
 
Estaba terminando el año 1706, y, el 13 de Noviembre, hace presencia entre nosotros este posterior e insigne jesuita, misionero, biólogo y escritor, que tanta importancia tendría para el conocimiento de la Baja California y su historia.
Sus padres, Juan Fernández del Barco e Isabel González, cristianos viejos. Lo mismo que sus abuelos. Su familia fraternal compuesta por varios hermanos.
 
Su partida de bautismo L. 5 Fol. 218 dice:
 
En el lugar de Casas de Millán en veinte y un día del mes de Noviembre de mil setecientos y seis años el Ldo Francisco Fernández del Barco teniente de cura de la Parroquial de S. Nicolás de este dicho lugar bapticé según el ritual romano a Miguel hijo de Juan Fernández del Barco y de Isabel González, su mujer. Su padrino el Ldo. Miguel Rosado clérigo de menores órdenes y dijeron haber nacido el día trece de dicho mes y años y por ser verdad lo firmé, fecha ut supra.
 
Firma Francisco Fernández del Barco
 
Nota marginal: Miguel. Entró en la Compañía de Jesús. Año de 1728
 
Tiene varios hermanos, Juan, Isabel, José, Isabel y Francisco.
 
Es muy probable que la familia del joven Miguel tuviera una posición relativamente acomodada, pues el cambio de apellido primero, de Fernández por el del Barco, lo indica. Además, antes de ingresar en la Compañía de Jesús, estudió filosofía y jurisprudencia en la Universidad de Salamanca y fue maestro de gramática.
 
Aún no había cumplido los veintidós años cuando entró en el noviciado que la Compañía poseía en Villagarcía de Campos (Valladolid), el 18 de mayo de 1728.
 

A partir de este momento, la vida de Miguel del Barco se desarrolla en cuatro etapas perfectamente delimitadas: el periodo comprendido entre 1728 y 1735, que corresponde a su formación religiosa; los tres años (1735-1738) en la región central de México; la etapa de misionero en la Baja California, comprendida entre 1738 a 1768; y sus últimos años de exilio, consecuencia de la expulsión de los jesuitas, en Bolonia (1768-1790).
 
Su periodo de noviciado permanece en Villagarcía de Campos. Son años en los que el frío clima de Castilla y la rígida disciplina formativa de los jesuitas van forjando un poco más el carácter y la mente del joven Miguel.
Y, como a andar se aprende andando, tiene que practicar la enseñanza de la gramática. Sus estudios de filosofía tienen que ser puestos al día en Santiago de Compostela.
 
Cuando entra en el noviciado y lo termina, enseña gramática en el colegio de Monterrey y repasa filosofía en Santiago de Compostela.
 
Nuevamente vuelve a Salamanca, donde empezó y terminó los estudios de Teología.
 
Con este bagaje de conocimientos y maduración humana, ya puede empezar su labor misionera.
 
En 1735 viajó al virreinato de Nueva España, entidad político-administrativa establecida por los monarcas españoles durante el período colonial en los territorios del actual Méjico, para iniciar sus actividades como misionero.
 
La llegada a México de los jesuitas en 1572 se produce en el momento más oportuno. La Compañía de Jesús, apenas nacida en la Iglesia, presta en la Nueva España una ayuda de gran valor en colegios y centros educativos. Hacia 1645, la Compañía tenía en México 401 jesuitas, de los cuales unos atendían dieciocho colegios, cada uno de ellos con más de seis sujetos, y otros atendían parroquias o misiones (+Lopetegui-Zubillaga, Historia 729).
 
Ilusionado y ansioso de cumplir su misión evangelizadora, después de  163 años de presencia de los jesuitas en Méjico, llegará el buen “casito” de Miguel del Barco
 
Zarpó en 1735 de Cádiz hacia Nueva España (México) en una fragata que naufragó cerca de Veracruz (México), aunque el grupo de jesuitas que formaban parte de aquella expedición,  llegó felizmente a San Juan de Ulúa.
 
En el colegio Máximo de México, completó sus estudios de teología (1735-1736) mientras asistía a los afectados por la epidemia de matlazáhualtl (fiebre tifoidea). Peste que causó miles de muertes, y como siempre, principalmente en la clase más empobrecida.
 
Probablemente hacia 1737, pocos meses después de su ordenación, 3/09/1736 trabajó en Puebla de los Ángeles. No fueron ciertamente fáciles los trabajos de asistencia en una situación de peste.
 
Hacia finales de 1738 o comienzos 1739, se encaminó a California e inició su trabajo misional en San Javier. Luego trabajó en el Sur, seguramente en las misiones de San José del Cabo, Santiago, La Paz y Todos los Santos.
 
Pero la mayor parte de su vida misionera se había de desarrollar en la misión de S. Javier. Allá se dirige sobre el año 1741, donde se establecerá hasta que sean expulsados las jesuitas de estas regiones.
 
Misión de California
 
¿Sus tierras?
 
Durante casi dos siglos, hasta fines del XVII, la isla o península de California se mantuvo ajena a México, apenas conocida, y desde luego inconquistable. Hernán Cortés fue el descubridor de California, así llamada por primera vez en 
1552 por el historiador Francisco López de Gómara, capellán de Cortés.
 
Aquella era tierra inhabitable (calida fornax, horno ardiente), áspera y estéril, en la que no podían mantenerse los pobladores, que a los pocos meses se veían obligados a regresar a México. De tal manera que se intentó en varias ocasiones conquistarla.
 
Intentaron conquistarla El Virrey Mendoza, Pedro de Alvarado y Juan Rodríguez, Sebastián Vizcaíno, etc. Vizcaíno fundó Monterrey.
 
Carlos II, en fin, ordena un nuevo intento, y en 1683 parten dos naves conducidas por el almirante Atondo, y en ellas van el padre Kino y dos jesuitas más. Pero tras año y medio de trabajos y misiones, se ven obligados todos a abandonar California.
 
El padre Baegert, que sirvió 17 años en la misión de San Luis Gonzaga, dice que California «es una extensa roca que emerge del agua, cubierta de inmensos zarzales, y donde no hay praderas, ni montes, ni sombras, ni ríos, ni lluvias» (+Trueba, Ensanchadores 16). En realidad existían en la península de California algunas regiones en las que había tierra cultivable, pero con frecuencia sin agua, y donde había agua, faltaba tierra... Por eso hasta fines del XVII la exploración de California se hacía normalmente en barco, costeando el litoral. Las travesías por tierra, a pie o a caballo, con aquel calor ardiente, sin sombras y con grave escasez de agua, resultaban apenas soportables.
 
¿Sus gentes?
 
Los indios californios eran nómadas, dormían sobre el suelo, y casi nunca tres noches en el mismo lugar. Andaban desnudos, las mujeres con una especie de cinturón, y no tenían construcciones. Su alimentación era un prodigio de supervivencia.
 
Después del fracaso de veinte expediciones civiles o militares, a veces muy potentes, la armada del Señor que había de hacer la conquista espiritual de California estaba compuesta por dos jesuitas, cinco soldados con su cabo, y tres indios, de Sinaloa, Sonora y Guadalajara, más treinta vacas, once caballos, diez ovejas y cuatro cerdos -que, por cierto, hubieron éstos de ser sacrificados, pues inspiraban a los indios un terror invencible-. Pero una vez más, lo que no habían podido hacer las armas, lo hizo la fe de los misioneros, que, aun hoy día, siguen siendo objeto de admiración. Y los jesuitas, religiosos siempre de “fronteras”, van a conquistar, con esta arma a los californianos.
 
En efecto, los jesuitas, en 1697, entraron allí para servir a Cristo en sus hermanos más pequeños: «Lo que hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Y cuando fueron expulsados en 1767, tenían ya 12.000 indios reunidos en 18 centros misionales.
Pero vamos a ceñirnos al territorio que le toca a Miguel del Barco evangelizar, que no es otra cosa que llevar la humanización al ser homínido, cuando las circunstancias son adversas.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Francisco de Paniagua


No es fácil fechar exactamente el día del nacimiento de este insigne ermitaño, que con su devoción, erigió los cimientos de la ermita y devoción de Ntra. Sra. de la Montaña, Patrona de Cáceres.
 
Seguro que en muchas ocasiones contemplaría desde la Sierra de la Mosca su pueblo natal, Casas de Millán, en la Sierra de Santa Marina, uniendo las dos advocaciones marianas de Tebas y la Montaña.
 
Porque su devoción a Santa María, se alimentó, como en tantas ocasiones entre los cristianos, de la devoción de sus padres a Nuestra Señora de Tebas, que es muy anterior a su nacimiento.
 
De los libros parroquiales ha desaparecido su partida de bautismo, pero es muy probable que fuera hermano de María de Paniagua Jiménez, hija de Diego y María, dándonos una cierta clave para entroncarlo con su primo Jerónimo Jiménez González de Juan y Estefanía, que aparece en los relatos de su vida como primo de él, con residencia en Cáceres, y que, acudiendo al abrigo de la familia, se instala en 1,621.
 
En esos caminos de Dios, tan inescrutables con frecuencia, hacen que Francisco en principio portando una imagen de la Virgen, tal vez réplica de la de Tebas, o Monserrat, como sostienen otros, deambulase por pueblos y aldeas solicitando y recogiendo limosnas para edificarle una capilla.
 
Aquí podemos ver, cómo la edificación de la Iglesia se hace con grandezas y pequeñeces. Así construyó Casas de Millán, con la sencillez de una ermita, de transcendencia más conocida, como la grandeza de los coetáneos de Francisco de Paniagua, los hermanos Trejo de Paniagua, paisanos suyos, en las alturas cardenalicias y episcopales.
 
Nuestro buen Francisco desde la pobreza económica, caminando, encuentra sitio para vivir durante un tiempo en una cabaña que construyó, aprovechando unos peñascos altos que por allí había, para vivir su fe como había decidido.
 
Pero para Ella quería otro sitio, el cual coincide con el punto de la gruta, popularmente conocida por "la cueva", donde está colocada actualmente la imagen pequeña de la Virgen.
 
La primera capilla fue construida por Paniagua entre 1621 y 1626. Tenía en origen 6,5 metros de longitud y 2 metros de anchura, aunque posteriormente fue ampliada hasta los 7,5 metros.
 
Aquí fue donde D. Sancho de Figueroa, Cura de Santa María y amigo de Paniagua, dijo la primera misa el día 25 de marzo de 1626, fiesta de Nuestra Señora de la Anunciación.
 
Francisco durante una década más, va viendo como el fervor y devoción de los cacereños, va aumentando. No necesita más. Con mirada maternal, la Madre de la Montaña lo recibe en las moradas de su Hermano Jesús, aunque sin desprenderse de los pies de la adorada imagen de la Virgen, dicen que un 22 de Agosto de 1636.
 
Un fruto más de la Iglesia de Casas de Millán, que deja perpetuidad en aquellos cristianos que oyendo el mandato del Maestro, “id por el mundo y proclamad el evangelio”, lo proclamaron y lo hicieron fructificar el ciento por uno.
 
En tardes límpidas del horizonte, desde aquí se sigue contemplando el blanco santuario donde Francisco Paniagua sembró el grano que seguirá dando fruto y fruto abundante.
 
Juan Francisco Arroyo Mateos en su libro: Veintidós grandes santos extremeños de la diócesis de Coria-Cáceres escribe:
 
Lo mismo cabe pensar del eremita Francisco de Paniagua, el introductor en la capital cacereña de la devoción a Nuestra Señora de la Montaña, porque este humilde siervo de Dios motivó así para bien espiritual de Cáceres y toda su provincia, no menor obra buena que la que otros hacen al fundar una Congregación Religiosa.
 
Pero como siempre, el silencio de sus paisanos, sigue gritando un recuerdo para este “casito” del que muchos desconocen su existencia, e incluso su relación. Como para el gran Miguel del Barco, y otros, tienen que venir de fuera para indicar que al menos una calle haría recordar la gran relación de Cáceres y Casas de Millán. Al menos allí, sí se le ha dedicado una calle, entre la del 18 de Julio y Alfonso IX.
 
Es más, últimamente ha quedado consignada su figura, aunque con idealismo, en un busto junto al santuario de la Virgen de la Montaña. Es obra del escultor Antonio Fernández. Para realizarlo ha tenido que imaginar cómo eran los eremitas de aquella época, pues han buscado y han hecho muchos estudios, pero no han conseguido encontrar ninguna fotografía de él.
 
El coste del conjunto de la peana y la escultura ha sido de unos 6.500 €. La escultura la inauguró el Alcalde de Cáceres José María Saponi, y la bendijo el obispo de la diócesis Ciriaco Benavente, un 7 de Mayo de 2006.
 
Como se lamenta “El grupo popular de Casas de Millán”: No sabemos el motivo, pero no asistió nadie de la Corporación Municipal de Casas de Millán, ni tampoco eclesiástica.

Pedro de Trejo y Paniagua

Pedro de Trejo Paniagua, abre la saga de los Trejos clérigos. Es el segundo hijo del matrimonio Antonio y Francisca que nos encontramos. Nace en 1571.
 
“A quince días del mes de noviembre año susodicho, yo Juan de la Pila clérigo baptize a Pº hijo del señor Antonio de Trejo y de la señora doña Francisca de Sande su mujer. Fueron sus padrinos el Sr. don Graº de Loaysa y la señora doña María de Trejo. No fue baptizado en casa. Y porque es verdad lo firme de mi nombre.”
 
Firmado: Juan de la Pila
 
Al referir a sus sobrinos el Cardenal Gabriel en relación con sucesos familiares de su tío Pedro dice: “La hacienda seglar que había en casa llevósela toda vuestro padre como mayor, una prebenda eclesiástica en que se podía acomodar uno de los hijos, llevósela el señor don Pedro.” “Estudiamos todos, y los dos mayores como se vieron acomodados dejaron el estudio, aunque el señor don Pedro no del todo.
 
Poco sabemos de su etapa de estudiante en el colegio mayor del arzobispado de Salamanca. Únicamente sabemos que estuvo en los años 1610 a 1613. Que había entrado en el Colegio con el número 129. Debió doctorarse en leyes, pues así se consigna cuando se hace cargo de la abadía de S. Isidoro de León. Además, para ocupar los cargos que desempeñó, era necesario tener titulación en alguno de los Colegios o Universidades del momento.
 
Su primer destino debió ser el de Canónigo Tesorero de la Catedral de Badajoz.
 

Posteriormente al cesar su hermano Gabriel como Capellán Mayor de las Descalzas, desde mayo de 1613 al 22 de mayo de 1614, le sucede ejerciendo como tal hasta mayo de 1616, siendo el 8º Capellán Mayor de dicho Monasterio.

Hay un tiempo en el que fue nombrado Oidor del Consejo de Navarra. Poco consta de sus labores en este puesto.
 
En julio de 1624 pasa a tomar posesión en la condición de Abad de la Real Colegiata de S. Isidoro de León
 
“Fue muy amante de S. Isidoro y fue sepultado en Santo Martino: sintió mucho su muerte toda la comunidad, porque fue todo el tiempo que vivió muy pacífico y gran limosnero y hacía mucha estimación de su Casa y canónigos”
Murió en febrero de 1634.
 
Fue Patrono del Convento de S. Francisco de Plasencia.

martes, 1 de agosto de 2017

Fray Antonio Trejo y Paniagua Obispo de Cartagena (y IV)

Su espíritu interior de la caridad
 
Pero no quedó su gestión al frente de la diócesis únicamente en la construcción de iglesias de piedras y maderas, sino que se ocupó como buen franciscano en la construcción de la Iglesia de piedras vivas.
 
Vuelto a España, por su actuación se mereció el título de padre de los pobres, además de enriquecer la iglesia catedral y otras del Obispado con grandes y magníficas obras.
 
Cuando volvió el obispo al gobierno de su obispado y ovejas, y cumpliendo con el cargo de Pastor y Padre de familias, consoló a sus ovejas con visitas y abundancia de limosnas.
 
En un año de mucha falta de pan sustentó cumplidamente mil seiscientos pobres. Entre ellos había algunos con fuerzas para poder trabajar y, cuando en una ocasión le dijo un Caballero, que para qué les daba, respondió: Me lo piden  por amor de Dios, y por amor de Dios se lo doy. Si están para trabajar, eso le pertenece al Corregidor y no a mí.
 
Una de sus preocupaciones fueron sus sacerdotes. Defendió la inmunidad de su clero en razón de tributos, con tanto valor y virtud, que el Consejo Real de Castilla llegó a pensar, si no estaría bien privarle de las temporalidades y mandarle salir del Reino.
 
Trajo por mandato del Rey don Felipe cuarto desde Cartagena al Escorial el cuerpo del Príncipe Filiberto, Gran Prior de San Juan, y le dio sepultura en aquel convento.
 
En esta jornada gastó el Obispo doce mil ducados; y en esta ocasión el rey partió al reino de Aragón; y yéndose a despedir del santuario de nuestra Señora de Atocha, le acompañó el obispo y le dio el agua bendita, y con ella su bendición.
 
El rey prosiguió su viaje y el obispo volvió al gobierno de sus ovejas y cátedra.
Otra de las características de Fray Antonio era su tenacidad ante lo que creía justo.
 
En cierta ocasión se vio involucrado en una “cessatio a divinis”, es decir una especie de huelga eclesiástica que causaba un terror sagrado en la población.
Le mandó el Consejo, bajo pena de mil ducados que levantase dicha pena; no quiso. Le sacaron los mil ducados, y viendo que el Consejo proseguía contra él, vendió sus alhajas, se las dio a los pobres, consumió el Santísimo y cubierto de ceniza se salió a la calle de la ciudad.
 
No todo en su vida fue correcto. Aunque no se quiera, en aquellos tiempos en los que tanto proliferaba el nepotismo, también tuvo algún brote, que le trajo dificultades.
 
Se cuenta que en cierta ocasión concedió beneficios vacantes a un tal Cristóbal de Ávila, a quien se le concedieron por ser el secretario del obispo Trejo.
 
Igualmente traspasó a su sobrino Antonio Trejo Monroy, hijo de su hermano Francisco, Marqués de la Mota, una prebenda que estaba asignada para otro. El Marqués en 1631 se pondrá de acuerdo con el cabildo sobre el pago de ciertos atrasos en la pensión. Más adelante será Don Gabriel de Trejo, sobrino, arcediano de Béjar en la catedral de Plasencia, quien disfrute la pensión.
 
En su faceta de escritor tenemos que decir que sus escritos, en su mayoría quedaron inéditos y se han ido publicando; tratan de la defensa de la Inmaculada Concepción, o son memoriales, cartas u otros documentos propios de los oficios que ejerció.
 
Como a todo mortal le llegó la muerte un jueves, entre las diez a las once del día trece de Diciembre de 1636. El pequeño casito que correteó por los alrededores de la Canal y el Mimbrero murió, con 56 años, Antonio de Trejo, Obispo de Cartagena, del Consejo de su Majestad”. El gran defensor de la Inmaculada Concepción de Santa María.
 
Se le dio a su cuerpo sepultura en la Capilla de Santa Bárbara de la Catedral que viviendo había fundado bajo el escudo de la familia Trejo, que el habían fundado y dotado con renta para cuatro capellanes.

CUADRO CRONOLÓGICO DE ANTONIO DE TREJO
  • Nace el 15 de Julio de 1579
  • Estudia en Salamanca
  • En León 1599
  • Zamora
  • León 1609
  • Secretario General de la Orden 1609
  • Comisario de Indias 1610
  • Vicario General de la Orden 7/12/1613
  • Obispo 16/09/1618
  • Entró en la diócesis 15/10/1618
  • Sale para Roma 22/11/1618
  • Regresa a la diócesis en mayo de 1620
  • Convoca un sínodo 28/05/1623
  • Muere el 13/12/1636

jueves, 20 de julio de 2017

Fray Antonio Trejo y Paniagua Obispo de Cartagena (III)

VUELTA A ESPAÑA DEL OBISPO TREJO

Intrigas y roces entre Alburquerque y el embajador Trejo

De nuevo se renovaron sus esperanzas, de seguir con sus empeños inmaculistas, con la venida a España del cardenal Trejo, para abogar en favor de su pariente el desgraciado don Rodrigo Calderón, pero también esta vez se desvanecieron todos los esfuerzos.

A pesar de esta carta, el rey, cediendo a las instancias del duque de Alburquerque, del cardenal Borja y del Nuncio, tomó una resolución definitiva, mandando a Trejo volver a España y reintegrarse a su obispado de Cartagena.  Carta en la que el monarca da a Trejo el título de embajador, cuatro meses más tarde de haberlo despojado de él el duque de Alburquerque.

El 7 de mayo de 1620 se despedía Trejo de Su Santidad, dándole en esa audiencia los tres últimos memoriales, que ya no tuvieron contestación. El día 20 del mismo mes salía de Roma. 

Llegado a España se retiró a su diócesis de Cartagena, viviendo en Murcia apartado de los asuntos políticos, dedicado al cuidado pastoral de su diócesis y a mejorar su templo catedral con ideas y mejoras traídas de Italia, como el magnífico trascoro  de estilo florentino dedicado, como era natural, a fomentar el culto de la Inmaculada Concepción en Murcia.

Humanamente podríamos decir que había fracasado. Sabemos que no se consiguió el cometido que llevaba, en parte por la actitud intransigente de Paulo V, enemigo de toda declaración dogmática, y en parte a las vacilaciones de Felipe III y a las divisiones originadas en el seno de la Junta de la Inmaculada de Madrid.

No obstante el trabajo realizado no fue inútil, pues sirvió posteriormente como base a nuevos intentos de conseguir dicho Dogma.

Puesto que su gestión no había obtenido los frutos deseados el  19-V-1620 regresa Trejo a su obispado de Cartagena, y durante catorce años, que sobrevivió, trabajó incansablemente por extender en su diócesis el dogma inmaculista.

El 28-V-1623 celebra sínodo en el que se acordó hacer solemne juramente inmaculista, declarando a la Inmaculada patrona de la catedral, de la ciudad y del Reino de Cartagena el 28-XI-1624.

El Obispo contra-reformista
 
Después del Concilio de Trento (1545-1563) la Iglesia estaba en plena implantación de las normas emanadas en dicho Concilio. Antonio de Trejo quiere hacerlo en su diócesis.

Al año siguiente se ocupa de establecer en Tabarra un convento de observantes y el 28 de mayo de 1623, convoca su primer sínodo y en noviembre de 1624, visita y adora la reliquia más importante de la diócesis de Cartagena, la Santísima Cruz de Calatrava.

Catedral de Murcia

Como consecuencia de sus conocimientos de Artes, pues recordemos que impartió clases en Zamora y León, hizo reformas, en lo posible, en la Catedral. También en las parroquias en que se podía.

En la catedral fundó en el trascoro de su Iglesia una insigne capilla, dedicada a la Concepción de Nuestra Señora, en que gastó veinte y cuatro mil ducados, y la dotó con renta suficiente, para que la sirvan cuatro capellanes. Es de estilo barroco y se compone de un bello frontal que combina jaspeados y mármoles en blanco y negro; fue la primera capilla consagrada a esta advocación en todo el mundo. (1625)

Dedicó otra capilla a S. Fulgencio, Obispo de Cartagena, entierro para los Obispo que lo fueren de esta Iglesia; y para los Prebendados, otro. Doró la Capilla mayor.

Aquí se encuentran en una urna de plata en la Capilla Mayor los restos de los llamados Cuatro Santos de Cartagena, (Fulgencio, Isidoro, Leandro y Florentina), de ellos el primero y el último son patronos de la Diócesis de Plasencia.

El palacio episcopal da cuenta de sus reformas
 
Fue un ejemplo palpable de la iglesia que salió de Trento, convirtiéndose en un auténtico príncipe de su diócesis. El obispo no se limitó a reformar su sede, sino que se preocupó de sus parroquias, tanto adaptando las ya construidas a las nuevas directrices, como a construir templos de nueva planta que ejemplificarían el espíritu contra-reformista. Asimismo, no se limitó a las obras eminentemente religiosas, sino que se preocupó por dar la imagen de poder necesaria para su cargo, reformando el palacio episcopal, que se adaptara para las nuevas necesidades. Al mismo tiempo, adoptó el culto a la Inmaculada como una empresa personal, en la que no estuvo aislado, ya que éste fue adquiriendo tal importancia hasta crear una dualidad mariana durante el siglo XVII, donde la Inmaculada y el Rosario se convirtieron en los estandartes de un renacido y fortalecido culto a la Virgen.

lunes, 10 de julio de 2017

Fray Antonio Trejo y Paniagua Obispo de Cartagena (II)

Obispo de Cartagena
 


Su blasón es un escudo de tipo español , con las armas de la orden de San Francisco, una cruz latina de sable, brochante, sobre ella dos brazos, uno en carnación y otro vestido de hábito de franciscano, en punta tres clavos en aspa, lleca timbre episcopal.

En mayo del año 1618 fue presentado por el rey para la mitra de Cartagena, recibiendo la consagración del Arzobispo de Zaragoza (Tarragona), también franciscano, P. Juan de Guzmán en las Descalzas Reales de Madrid, con asistencia de toda la Corte, 16-IX-1618, tomando posesión de su mitra, primeramente por poderes en septiembre. Visitó su nueva diócesis por primera vez en octubre, entrando en la capital en el 15 de este último mes.
 
Mas inmediatamente salió para Roma el 22 de Noviembre con el cargo de embajador extraordinario del rey de España, Felipe III, para que “suplicase al santísimo Padre Paulo V, en su nombre y en el de sus coronas y reynos, declarase por artículo de fe el haber sido la Virgen santísima, reyna y señora nuestra, concebida sin pecado original”
 
La razón fundamental de este nombramiento de Obispo, a Fray Antonio, parece ser que era dotar al prelado de la suficiente autoridad, para encargarle una empresa que le preocupaba al monarca español: la aprobación por el Vaticano del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen. Por ello, en 1618, recibe una orden del rey y 8,000 ducados para que emprenda su embajada en Roma.
 
Le parecía al monarca que el P. Trejo era el más apto para ejercer dicha embajada, pues había comprobado las cualidades que tenía, ya que lo había demostrado rigiendo la Orden Franciscana. Pero a esto se unía que por entonces estaba en Roma su hermano Gabriel, el Cardenal Trejo, que también era partidario y defensor de que se proclamara tal dogma.
 
Fr. Antonio de Trejo aceptó ambos honores, y así se lo comunicaba agradecido al monarca.
 
Pero, como en todos los acontecimientos entre poderosos, toda cara tiene su cruz.
 
Al divulgarse la noticia de la embajada de Trejo, se levantó en la corte y otros lugares una verdadera tempestad de calumnias y contradicciones contra e1 nuevo embajador; pero la voluntad del monarca estaba ya decidida y toda oposición a la embajada resultó inútil, aun cuando fuese fomentada por personas tan ilustres como el nuncio, que tenía órdenes terminantes de la Santa Sede de impedirla.
 
Un inconveniente que se presentaba era la cuestión económica. Expone luego su situación económica diciendo que, aunque es verdad que él ofreció a Su Majestad partir con toda brevedad para Roma, puestos sus ojos únicamente en el cumplimiento de la obediencia y por haberle parecido que las rentas de su obispado de Cartagena le bastarían para cubrir los gastos de su viaje, después se había convencido que su misión había de ser mucho más costosa de lo que creía al principio. De ahí que hayamos dichos antes, que recibió 8,000 ducados.
 
Sobre las objeciones aducidas por los contrarios expone el P. Trejo una que le parece digna de la consideración del monarca. Dice que aquellos habían informado mal al Papa declarando que en España no se había observado su último decreto pontificio sobre la opinión pía, con el fin de irritarle, y al mismo tiempo excusar los escándalos que después habían dado, que eran en su concepto, los mayores que se habían visto en esta materia.
 
A pesar de todos estos inconvenientes, se mantiene la embajada. Por ello desde Murcia, Fr. Antonio de Trejo se dirigió a Cartagena donde pensaba embarcar; pero a causa de las penalidades del viaje enfermó en esta ciudad, como él mismo escribe al secretario Tovar el día 9 de noviembre de ese año.
 
Por fin el día 22 se hacían a la mar a pesar de estar en contra los prebendados que le acompañaban, y del mismo jefe de las galeras, acostumbrado a ver siempre temporales en aquel mes de diciembre. Sin embargo, fue tan apacible la travesía de Cartagena a Barcelona, y sobre todo de esta ciudad a la de Génova, que los marineros juraron que en veinte años de cruzar el golfo de León no habían visto nunca aquel mar tan tranquilo y aquel cielo tan sereno.
 
Al tener noticias de su llegada el cardenal Trejo, hermano de nuestro obispo, se dirigió a Branciano, señorío del duque de Orsini, para abrazarlo.
 
El obispo Trejo entraba en Roma el 16 de diciembre, dirigiéndose inmediatamente al palacio pontificio para cumplimentar a Su Santidad, que lo recibió muy afectuosamente y mantuvo con él una larga entrevista llena de cordialidad.
 
Destitución del Embajador
 
Duro fue el trabajo del Obispo en Roma. Tuvo que presentar en varias ocasiones alegatos y escritos ante el Papa, que le recibió al menos cuatro o cinco veces. En principio dio largas al asunto; posteriormente con indiferencia, alegando razones poco convincentes para Fr. Antonio.
 
Añádase a esto la noticia extendida por Roma, y que en Madrid propagó el P. Aliaga, de que el obispo de Cartagena y el cardenal Trejo, su hermano, se dedicaban a reclutar votos para  el futuro cónclave, procurando la elevación de un Papa favorable a España. Aunque no hay que descartar la total posibilidad de que en sus conversaciones privadas Trejo faltase algo a la prudencia, la noticia en sí era completamente calumniosa.
 
La verdad era que Felipe III estaba convencido del fracaso de la embajada del obispo Trejo, y el 22 de junio firmaba en Lisboa la carta exonerándole del cargo de embajador y ordenándole volver a su diócesis. La carta fue encomendada al duque de Alburquerque para que la entregara a Trejo a su llegada a Roma.

sábado, 1 de julio de 2017

Fray Antonio Trejo y Paniagua Obispo de Cartagena (I)

Cuadro en la galería de Obispos de Murcia

Si el cardenal Trejo es la persona más importante de los nacidos en Casas de Millán, en orden eclesiástico, ciertamente su hermano Antonio no le va a la zaga.
 
Es lógico que la categoría  familiar influyera en la formación de los hijos, pues todos ellos, aunque eran chicos espabilados, no tenían la igualdad de oportunidades que los demás.
 
Al igual que su hermano, nace en la casa de la parte alta del pueblo, camino de la Canal, hoy calle de Miguel Hernández, según tradición.
 
Nace el día 15 o 16, en cuyo día se bautiza, de Julio de 1564.


Dice la anterior partida: En el lugar de Casas de Millán, miércoles, en diez y seis días del mes de Julio del año de mil quinientos y setenta y cuatro siendo yo Juan de la Pila Cura beneficiado del dicho lugar, bapticé a un hijo de Antonio de Trejo y de doña Francisca su mujer, fueron padrinos el Sr. Gutiérrez de Trejo y doña Juana, vecinos de este lugar, no bautizado en casa, en de lo cual lo firmé de mi nombre.
 
Al margen alguien puso después: Reverendísimo General fray Antonio Trejo y después Obispo de Cartagena y embajador de su Majestad en Roma”

Creo que no queda duda de su condición de “casito”.
 
En relación con sus estudios, su hermano Gabriel dice: “El señor Obispo entróse en la religión de San Francisco, desde niño lo escogió Dios… El señor Obispo estudió en su religión, tuvo crédito y fue Guardián y Secretario General y Comisario General de las Indias y General de toda su Orden, ahora es Obispo, y mañana será mucho más, que capaz es de todo cuanto hay en la Iglesia de Dios..”
 
En una reseña del Diccionario de la Historia Eclesiástica de España se nos dice de Él:
 
TREJO Y PANIAGUA, Antonio de, OFM: obispo, teólogo y diplomático. Hijo de Antonio de Trejo Monroy y de Francisca de Sande Paniagua, condes de Oliva, estudió en la Universidad de Salamanca, y en el convento de San Francisco de esta ciudad, perteneciente a la provincia de Santiago, tomó el hábito franciscano.
 
Es curioso el hacer referencia a que la hornada de novicios que hubo ese año se dio el caso, no creemos repetido en la historia, de que los 12 novicios que juntos hicieron el año de probación, todos llegaron al episcopado. Eso nos da idea del nivel tanto espiritual como intelectual del ambiente en que profesó Antonio.
 
En 1599 era lector de Artes en San Francisco, de León, distinguiéndose de tal manera en el cuidado de los apestados, víctimas de la epidemia que ese año asoló a la ciudad, que los leoneses pidieron fuera nombrado su Obispo.
 
(Un lector académico es un profesor que enseña y explica en su lengua materna alguna de las asignaturas académicas.)
 
De aquí pasó a enseñar Artes en Zamora; regresó nuevamente a León, donde en 1609 era lector de Teología y guardián del convento al mismo tiempo.
 
Comisario General de Indias
 
El nombramiento que se le hizo de Comisario General de Indias, el 28-IV-1610 le obliga a desplazarse a Madrid, a la Corte, donde intimó con Felipe III. Como consecuencia de dicha amistad llega el ser nombrado Ministro General de la Observancia, en 1609, cargo que desempeñó hasta Diciembre del 1613 y posteriormente, como Vicario General.
 
Cuando se habla de los famosos hijos del Real convento de Sta. Mª de Jesús se dice:
 
“Precisamente durante  la etapa de Ministro General de los Franciscanos, Fr. Antonio Trejo tuvo la honra de dar por su mano el Seráfico Hábito de la Orden Tercera de Penitencia de Nuestro  Seráfico P. S. Francisco en el Convento de Sta. Mª de Jesús de Alcalá a su hermano el Emin. Sr. D. Gabriel Trejo, Cardenal de la Sta. Iglesia, lo que blasonaba dicho convento como “gloria y honor que numera entre sus blasones este Grande m. Convento de S. Diego.”
 
El nombramiento de Comisario General de Indias le llegó con la Patente del General de Orden, P. Arcángel de Messina, en 28 de abril de 1.610, posesionándose de su cargo el 14 de julio inmediato y duró éste por tres años y cinco meses aproximadamente, ya que a la muerte del P. Juan del Hierro, Ministro general, fue electo en Vicario General en 7 de diciembre de 1.613. En este nuevo cometido rigió los destinos de la Orden hasta el 2 de julio de 1.618, en que le sucedió en el gobierno el P. Benigno de Génova.
 
En cuanto a su intervención al frente de la Comisaría de Indias nos son conocidos dos Informes o Memoriales al Consejo de Indias: uno sobre la Provincia de San Gregorio de Filipinas, mediando en el pleito entre Observantes y Descalzos, en el que teje elogio subidísimo de los primeros y de su aportación a la evangelización en el lejano Oriente
 
El segundo Memorial es sobre toda la Misión de Ultramar, en el que nos ofrece una estadística, algo abultada en número, pero en su conjunto bien informada, porque habla con documentos en la mano. Para América española es una magnífica síntesis, y en lo que respecta a Filipinas y toda aquella área misional, muy preciso y atinado en sus líneas y datos. Me hace suponer disponía, al redactarlo, de las informaciones de los PP. Alonso Muñoz y Beato Luis Sotelo incluso hasta de las Relaciones de los Visitadores y Capítulos provinciales de Filipinas.